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- Dios sobre todo - 100 años de la muerte del Beato Bronislao Markiewicz
MC900431561[1]
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Misión y Comunidad – Asamblea Diocesana para la Misión Permanente MC900431561[1]
                                                                                              

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Parroquia San José

Av. Félix Burgos 1100 - Morón 4696-5250

 

Dios sobre todo

 

Domingo 7 de octubre, 11.00 hs.

 

100 años de la muerte del Beato Bronislao Markiewicz

Fundador de las Congregaciones Miguelinas

 

Misa en acción de gracias

Preside:
Mons. Luis Guillermo Eichhorn


Concelebran:
Superior General de la Congregación de San Miguel Arcángel,
padre Kazimierz Radzik y otros sacerdotes.

 

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Equipo de Animación Misionera

 

Asamblea Diocesana para la Misión Permanente

 

“Cristo está vivo en nosotros
y lo anunciamos

 

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Con el deseo de hacer su aporte como Iglesia misionera al itinerario de pastoral orgánica que recorre la Diócesis y de renovar las fuerzas para anunciar a Jesucristo que está vivo en nosotros, el 22 de septiembre tuvo lugar la Asamblea Diocesana de Misión.

 

Las actividades se desarrollaron en el Colegio María Auxiliadora de Morón y además de las exposiciones de los Padres Marcelo Turletti, Párroco de Nuestra Señora de Lourdes de Villa Udaondo; Jorge Torres Carbonell, Párroco del Santuario de San Cayetano de Liniers; y de la Sra. Rosita, proveniente de la Diócesis de Cruz del Eje, la jornada contó con la presencia del Sr. Obispo, Mons. Luis Guillermo Eichhorn, quien alentó al desarrollo de una pastoral decididamente misionera, e invitó a vivir la experiencia de vida de las “pequeñas comunidades eclesiales”.

 

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MISIÓN Y COMUNIDAD

Mons. Luis Guillermo Eichhorn

 

Las palabras de Aparecida nos deben motivar, no solo a reflexionar sino fundamentalmente a actuar, a asumir nuevas actitudes y pautas de trabajo: “En el pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión” (DA 163).

 

Dejémonos iluminar por la Palabra de Dios, donde encontramos el fundamento de esta proposición:

 

“Lo que existía desde el principio,

lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos,

lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos,

es lo que les anunciamos: la palabra de Vida.

La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio

y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre

y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos

se lo anunciamos también a ustedes para que

vivan en comunión con nosotros,

y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Les escribimos esto para que la alegría de ustedes sea completa”

(1 Jn 1, 1-4)

 

Sabemos que la comunión tiene su origen en Dios mismo: Él es comunión de amor… y en esa comunidad de Personas tiene origen tanto la misión, el envío del Hijo como la del Espíritu Santo. Y es este Jesús, el Hijo encarnado y enviado, quien nos envía con la fuerza del Espíritu Santo:

 

“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes…

Reciban el Espíritu Santo…”

(Jn 20, 21-22)

 

El objetivo de la misión es anunciar la Buena Nueva de Jesús resucitado, para suscitar la fe y la adhesión a Él, para que todos tengan, en Él, Vida abundante.

Una vida que es comunión con Cristo, cabeza del Cuerpo y con los hermanos, miembros de ese mismo Cuerpo. Comunión que es unidad en el vínculo del amor “Que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 5).

 

“Es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: ‘Ámense los unos a los otros, como yo los he amado’ (Jn 15, 12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad de discípulos de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, ‘reconocerán todos que son discípulos míos’ (Jn 13, 35)” (DA 138).

 

No hay misión auténtica sin comunión y no hay vida cristiana sin comunión.

“La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la cual podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156).

 

Si el fruto de la tarea misionera es suscitar la fe y construir la Iglesia, comunión de discípulos, esto debe poder verificarse en actitudes y hechos concretos que manifiesten la Vida Nueva de la comunidad de discípulos: esto es fruto propio de la misión y fuente de la misma:

Dice Aparecida: 

“Al igual que las primeras comunidades de cristianos, hoy nos reunimos asiduamente para ‘escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y participar en la fracción del pan y en las oraciones’ (Hech 2, 42). La comunión de la Iglesia se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en mismo Pan de Vida y en el mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo Cuerpo (cf. 1 Cor 10, 17). Ella es fuente y culmen de la vida cristiana, su expresión más perfecta y el alimento de la vida en comunión. En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre y hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia que la celebra es ‘casa y escuela de comunión’, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora.

 

La Iglesia, como ‘comunidad de amor’, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por Jesús, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados y recorren la hermosa aventura de la fe. ‘Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea’ (Jn 17, 21). La Iglesia crece no por proselitismo, sino por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor. La Iglesia ‘atrae’ cuando vive en comunión.

Los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó (cf. Rom 12, 4-13; Jn 13, 34)” (DA 158-159).

 

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En el ambiente individualista en que vivimos, nos deja perplejos este planteo:

No estamos acostumbrados a una vivencia y convivencia comunitaria.

            

¿Qué es una comunidad de Vida Cristiana? ¿Por qué hoy se habla de pequeñas comunidades? La inercia de nuestra vida cristiana nos lleva a habituarnos a la multitud, a una Iglesia “masa anónima”, a una religiosidad de cumplimiento devocional o sacramental. Pero necesitamos el encuentro, el compartir la vida, las oraciones, la Palabra que es “Espíritu y Vida” y que nos edifica, sentirnos en una comunidad acogedora donde se nos conoce, se nos aprecia, donde puedo entablar relaciones fraternas de auténtica comunión. Una comunidad a medida humana, una auténtica familia cristiana. San Pablo nos ilumina especialmente en un hermoso texto:

 

“Por tanto, como elegidos de Dios, consagrados y amados,

revístanse de sentimientos de profunda compasión, de amabilidad,

de humildad, de mansedumbre, de paciencia; sopórtense mutuamente;

perdónense si alguien tiene queja de otro; el Señor los ha perdonado,

hagan ustedes lo mismo. Y por encima de todo revístanse del amor,

que es el broche de la perfección. Y que la paz de Cristo dirija sus corazones,

esa paz a la que hay sido llamados para formar un cuerpo.

Finalmente, sean agradecidos.

La Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza;

Instrúyanse y anímense unos a otros con toda sabiduría. Con corazón

agradecido canten a Dios salmos, himnos y cantos inspirados.

Todo lo que hagan o digan, háganlo invocando al Señor Jesús, dando gracias

a Dios Padre por medio de Él” (Col 3, 12-17).

 

El DA nos anima a una vida plena en este estilo:

“Se constata que, en los últimos años, ha ido creciendo la espiritualidad de comunión y que, con diversas metodologías, se han hecho no pocos esfuerzos por llevar a los laicos a integrarse en pequeñas comunidades eclesiales, que van mostrando abundantes frutos. Para la Nueva Evangelización y para llegar a que los bautizados vivan como auténticos discípulos y misioneros de Cristo, tenemos un medio privilegiado en las pequeñas comunidades eclesiales.

 

Ellas son un ámbito propicio para escuchar la Palabra de Dios, para vivir la fraternidad, para animar en la oración, para profundizar procesos de formación en la fe y para fortalecer el exigente compromiso de ser apóstoles en la sociedad de hoy. Ellas son lugares de experiencia cristiana y evangelización que, en medio de la situación cultural que nos afecta, secularizada y hostil a la Iglesia, se hacen todavía mucho más necesarias.

 

Si se quieren pequeñas comunidades vivas y dinámicas, es necesario suscitar en ellas una espiritualidad sólida, basada en la Palabra de Dios, que las mantenga en plena comunión de vida e ideales con la Iglesia local y, en particular, con la comunidad parroquial. Así la parroquia, por otra parte, como lo hemos propuesto en América Latina, llegará a ser ‘comunidad de comunidades’” (DA 307-309).

 

El paradigma de las pequeñas comunidades lo tenemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en Hech 2, 42-47 y 4, 32. Ahí se señalan los elementos propios e infaltables de una pequeña comunidad: La Palabra de Dios, la Comunión fraterna (koinonía), las oraciones en común, la Eucaristía, el espíritu de compartirlo todo, en especial la experiencia de vida cristiana y evangelizadora, el testimonio alegre de amor fraterno y de caridad; una comunidad que es en sí misma un testimonio vivo del Evangelio encarnado, y que atrae, seduce, que puede decir sin miedos: “¡Vengan y vean!” (Jn 1, 39).

 

Desde esta perspectiva, podremos hablar de parroquias verdaderamente renovadas, convertidas, evangelizadoras, que se hayan sacado el lastre de sus estructuras caducas, y se hayan lanzado verdaderamente a la misión evangelizadora: “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que ‘el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial’ con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (DA 370).

 

Y en otro pasaje: “La renovación de las parroquias, al inicio del tercer milenio, exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión…” (DA 172). “La renovación misionera de las parroquias se impone tanto en la evangelización de las grandes ciudades como del mundo rural de nuestro continente, que nos está exigiendo imaginación y creatividad para llegar a las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo. Particularmente, en el mundo urbano, se plantea la creación de nuevas estructuras pastorales, puesto que muchas de ellas nacieron en otras épocas para responder a las necesidades del mundo rural” (DA 173).

 

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La Infancia y Adolescencia Misionera (IAM) es una obra de la Iglesia en la que niños, adolescentes y animadores con sus oraciones, sacrificios y servicios son mensajeros de los valores del Evangelio en su familia, en la escuela, en su comunidad y en el mundo entero, ayudando a otros niños a crecer en la vida humana y cristiana. Son amigos de Jesús y ayudan a otros a que también lo sean.

Durante la Eucaristía de clausura presidida por el Sr. Obispo y concelebrada por el Vicario General de la Diócesis, Mons. Arturo Gilotti y el P. Silvio Rocha, Delegado para la Misión Permanente; y asistidos por el Diácono Rodolfo Ortíz, unos niños de esta obra realizaron el gesto de ponerle el pañuelo que identifica a la Infancia Misionera a una imagen del Niño Dios. Dicha imagen recorrerá todas las Diócesis de Buenos Aires donde está presente la IAM, comenzando su recorrido en nuestra Diócesis, en la Parroquia San Martín de Porres.

 

¿Cómo hacer todo esto? ¿Cómo encarar y asumir este desafío? No puedo dejar de compartir con ustedes un texto de Aparecida que me parece da en el blanco:

Como respuesta a las exigencias de la evangelización, junto con las comunidades eclesiales de base, hay otras válidas formas de pequeñas comunidades, e incluso redes de comunidades, de movimientos, grupos de vida, de oración y reflexión de la Palabra de Dios. Todas las comunidades y grupos eclesiales darán fruto en la medida en que la Eucaristía sea el centro de su vida y la Palabra de Dios sea faro de su camino y su actuación en la única Iglesia de Cristo (DA 180).

 

El ideal es hermoso, y  no es una utopía: sólo requiere nuestra decisión, y ponernos en camino. Simplemente deberíamos preguntarnos (y esta es la consigna de trabajo): ¿Cómo puedo empezar a vivir una experiencia de vida en pequeña comunidad con mis hermanos de la Parroquia, o de mi grupo misionero, de oración, de apostolado? Y decidirnos: poner lugar y fecha, y convocarnos con la Biblia en las manos, con alegría y apertura de corazón, y con un buen mate, sentir que el Señor está presente en medio de nosotros y nos da su Espíritu.

 

 

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Delegación para la Comunicación Social de la Diócesis de Morón

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OFICINA DE PRENSA DEL OBISPADO DE MORÓN

Sr. Fabián Parodi.

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