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- Consagración del Templo parroquial de Nuestra Señora de Luján, de Morón Sur
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No podemos callar lo que hemos visto y oído - Segunda entrega MC900431561[1]
                                                                     

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Parroquia Nuestra Señora de Luján
Grito de Alcorta 3479, Morón - 4697-4612


Bodas de Oro y Consagración del Templo parroquial

 

En Navidad de 2011, la Parroquia Nuestra Señora de Luján de Morón Sur cumplió sus Bodas de Oro, y este sábado, 2 de junio, en la misa de 11.00 hs., nuestro Obispo Luis Guillermo consagrará el Templo parroquial.

Se invita a la comunidad diocesana a participar y a acompañar con la oración.

 

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III Congreso Catequístico Nacional

Morón, 24 - 27 de mayo 2012

 

Anticipar la aurora y
construir la esperanza

 

No podemos callar lo que
hemos visto y oído

 

2da. entrega


No, no nos podemos callar lo que hemos visto y oído. Por eso, continuamos compartiendo lo acontecido en el IIIº Congreso Catequístico Nacional, que se vivió del 24 al 27 de mayo en nuestra Diócesis, la ‘Diócesis de Nuestra Señora del Buen Viaje’.

 

Por la Patria

 

El Congreso tuvo varios momentos cumbre, que han dejado una marca imborrable en la historia y en la conciencia del pueblo fiel que peregrina en Morón, y en la historia de nuestra Iglesia en la Argentina.

 

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El viernes 25 de mayo, el Día de la Patria, fue celebrado a lo grande.

¡De todas partes los vemos llegar… Como dice la canción…! Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, continuaban arribando de todo el país e incluso de países vecinos. El Microestadio del Bicentenario desbordaba de gente, el Congreso alcanzaba su máxima convocatoria y la bandera llegada desde rosario y la decoración, le dieron el color a la jornada: Celeste y blanco.

 

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La modalidad de la labor fue por comisiones en un total de 18, más una especial conformada por los Obispos presentes, quienes se reunieron con el Representante de la Sagrada Congregación para el Clero, en diálogo abierto.

 

Ellas fueron:

Nº 1: Iniciación Cristiana y kerygma

Nº 2: Iniciación Cristiana y familia

Nº 3: Iniciación Cristiana y comunidad

Nº 4: Iniciación Cristiana y piedad popular

Nº 5: Iniciación Cristiana y signos de los tiempos

Nº 6: Iniciación Cristiana y adultos y jóvenes

Nº 7: Iniciación Cristiana y Pastoral Orgánica

Nº 8: Iniciación Cristiana y conversión pastoral

Nº 9: Iniciación Cristiana y catequista iniciador y su formación

Nº 10: Ministerio ordenado y catequesis

Nº 11: Itinerario Catequístico Permanente y Palabra de Dios

Nº 12: Itinerario Catequístico Permanente e itinerario litúrgico

Nº 13: Itinerario Catequístico Permanente catequista acompañante y su formación

Nº 14: Itinerario Catequístico Permanente y doctrina social 

Nº 15: Itinerario Catequístico Permanente y educación religiosa escolar

Nº 16: Itinerario Catequístico Permanente y núcleos temáticos del mensaje cristiano

Nº 17: Itinerario Catequístico Permanente y contenido del primer anuncio (kerigma y pascua)

Nº 18: Itinerario Catequístico Permanente, comunicación y lenguaje     

 

Cada comisión recibió un “tesoro” para los intervalos de trabajo: Documentos producto del magisterio de la Iglesia, de la función y autoridad de enseñar que tienen el Papa y los Obispos en comunión con él.

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Luego de un día de arduo trabajo, al caer la tarde, con la Plaza San Martín llena, tuvieron lugar la Eucaristía por la Patria y los festejos, y Morón volvió a sentir como en aquel reverdecer de la fe de 1961, tiempo en que la imagen de la Virgen del Buen Viaje recibía la coronación pontificia.

 

La celebración fue presidida por el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien delegó la palabra en el Obispo Auxiliar de Buenos Aires, Mons. Eduardo Horacio García:

 

Te doy gracias, Padre, porque estas cosas
se las has revelado a la gente sencilla

 

Corintios 1,3-9:

“Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que Él les ha concedido en Cristo Jesús. En efecto, ustedes han sido colmados en Él con toda clase de riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida que el testimonio de Cristo se arraigó en ustedes. Por eso, mientras esperan la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no les falta ningún don de la gracia. Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor”.

 

Mt 11,25-30:

“En aquel tiempo, exclamó Jesús:

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera’”.

 

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Mons. Eduardo García.

 

Nos unimos al Apóstol, nos unimos en comunión para fijar la mirada en Jesús, el Maestro del Reino, el pedagogo enviado por el Padre, el catequista de sus compatriotas y de todo el pueblo de Dios. Vinimos a mirarlo para volver a aprender de Él, para hacernos humildemente sus discípulos, en esta hora tan llena de incertidumbres y también de aparentes fracasos, porque esta hora está llena y nuestro trabajo también, de mucho amor, pero también de mucho sufrimiento, del trabajo que nos duele. Como catequistas, sentimos el cansancio de ver tantas y tantas veces que el resultado de los esfuerzos tiene gusto a poco y nos deja un sabor estéril. Por eso, queremos volver nuestra mirada hacia el Señor de la historia y a su Palabra, para dejar que Él mansamente nos catequice una vez más.

 

Y así lo vemos en el Evangelio. Jesús viene de fracasar en una serie de ciudades de Galilea, su patria. A pesar de haber realizado numerosos milagros y signos, no ha hecho brotar ni la conversión ni la fe. Sin embargo, vacío de todo derrotismo o pesimismo, prorrumpe “paradójicamente” en una alabanza llena de gozo: “Te doy gracias, Padre, porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla”.

 

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Oración  llena de sentimiento, llena de confianza. Jesús alaba al Padre, porque su sabiduría es verdadera, y no como la falsa inteligencia humana, que desprecia “a los que saben menos”. Alaba porque el Padre se revela sólo a la gente sencilla, a los que no tienen vuelta, a los de corazón limpio, a los abiertos, a los que no están complicados con las cosas ni tienen ganas de complicarlas, a los limpios de corazón, los pobres, los que buscan sin bajar los brazos, los serviciales… sólo esos pueden recibir el Reino.

 

Se revela a aquellos que se animan a entender la vida y la historia como un andar con Dios, a lo largo del cual se dejan educar. Un camino que empieza desde la aceptación de lo que son, a lo que desde siempre fueron llamados a ser, con la certeza grande de que, pase lo que pase, Dios siempre estará de su lado.

 

Y lo escuchamos diciéndonos: “Carguen con mi yugo”. Esta imagen se aplicaba a la ley judía y sabemos que era insoportable, con sus 600 y pico de preceptos, que nadie podía cumplir, y apenas saber. Más insoportable resultaba por el rigor de su interpretación, que lo único que conseguía era atormentar las conciencias y dominar sobre los que se sentían culpables. Jesús se compadece de los que soportaban este yugo deshumanizador. Por eso, dice: “Vengan a mí”. Jesús quiere ser un alivio para todos estos. Está convencido que la ley es para el hombre y no al revés.

 

 Yo les quito ese yugo que los fatiga.

 Yo pongo sobre sus hombros otro yugo que los libera.

 Yo les quito esa carga que los oprime.

 Yo pongo sobre sus espaldas una carga que los fortalece.

 

Mi yugo y mi carga nueva, viva, liviana, es una sola: El amor. Alivio que a su vez es yugo, sólo que mucho más ligero, porque es el yugo único del amor. Y es un “yugo suave”, porque el mismo Jesús lo lleva como ningún otro y lo hace con nosotros.

 

El yugo del amor es el peso menos pesado. Es peso, porque nos fuerza, porque pone sobre nosotros los pesos de los otros, porque nos responsabiliza y compromete y, a veces, como a San Ignacio de Antioquía, nos tritura. Pero es el peso más ligero, porque nos regala una energía inmensa, porque es lo único que la muerte no puede matar, porque nos hace plenos y saca de nosotros lo mejor de nosotros mismos. El que ama es capaz de trascenderse desde sus propios límites.

 

San Agustín en sus Confesiones decía: “Nada tan pesado como el amor, pero nada tan ligero como el amor. Mi amor es mi peso, pero es también mi estímulo, mi alimento, mi gozo, mi fiesta, mi perfume y mi fuerza. Luz, voz, fragancia, alimento y deleite de mi hombre interior”.

 

Hoy, igual que ayer y siempre, Jesús nos llama a cargar su yugo. Qué hermoso poder jugar con las palabras y decir que cargar su yugo es dejarse subyugar por Él y su Evangelio de gracia. El catequista es un subyugado por Jesús, porque cuando el yugo es el amor, el único que puede cargarlo es el enamorado. No es cuestión de cargar con nada, sino de hacerse cargo del amor de Dios para realizarlo en y con los hermanos, con todos los hombres. Para el que ama, todas las obligaciones están de más y si falta el amor, todas las leyes son escasas.

 

Estas palabras de Jesús marcan un camino en nuestra misión como catequistas. Si buscamos el método, la estrategia o la fórmula salvadora para nuestra acción, nos volveremos frustrados. Porque habremos llenado nuestra cabeza de ideas y no el corazón del amor de Dios, que es el único que nos da el tono justo para realizar desde la fecundidad, nuestro ser catequistas. Tenemos que ser no solamente eficaces sino, sobre todo, fecundos. Y la fecundidad está marcada por el ritmo oscilante de muerte y vida, de entrega, muerte y resurrección, de apertura y revelación. Y para aceptar esto tenemos que tener la sencillez de aquellos que sienten que “les falta algo”, que están necesitados de algo más… y eso que falta es Jesús.

 

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Palabras para que vayan marcando
y quedando en nuestro corazón

 

Alabar, dar gracias.

Sólo el agradecido no se hace dueño, vive el gozo de haber sido regalado y regala. Sólo el agradecido valora rectamente sin vivir la amargura de lo que no se dio o no tiene, sino la alegría de lo recibido y por eso, puede brindar sin imponer, enseñar sin dominar, corregir sin aplastar ni humillar y, sobre todo, hace crecer en los otros ese sano deseo de querer tener lo mismo. Sólo el agradecido no se ensoberbece por lo que es ni por el lugar que ocupa y tiene la misma mirada de ternura compasiva hacia los otros que Dios ha tenido con Él. Sólo el agradecido vive con alegría, contagia, entusiasma, atrae y puede dar razón de su esperanza. Catequizar no es dar respuestas prefabricadas sino, por la propia vida, clavar en el corazón una pregunta, aquella que Paulo VI decía como primer paso del anuncio: “Qué tienen estos que viven así y son felices”.

Alabemos y demos gracias por nuestra vocación, por los que se acercan y buscan, por la religiosidad de nuestro pueblo que lo entronca en la historia sagrada del pueblo de Dios, por la sencillez de nuestros chicos y pobres, por el esfuerzo silencioso de tantos cristianos que catequizan con la palabra y por los que lo hacen con el silencio cargado de obras.

 

Conocer.

Para Jesús, Dios no es solamente "el Padre de Israel, el Padre de los hombres", sino "mi Padre". "Suyo" en sentido totalmente literal. Se atreve a llamarlo con el apelativo más íntimo y cercano con que jamás hombre alguno se hubiera atrevido a dirigirse a Dios: Abba, papito, y lo hace porque sólo Él lo conoce como Padre, y se sabe de ese mismo modo conocido. Por un lado, Jesús nos manifiesta que Dios es origen primero y trascendente de todo y que es al mismo tiempo, bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos (Catecismo de la Iglesia Católica, 239).

 

Conozcamos desde la sabiduría que da la cercanía del amor. Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y tuviera toda la sabiduría, decía Pablo, sino no tengo amor no me sirve de nada. Conozcamos, no por información, sino por encuentro. Conozcamos no por sabiduría erudita, sino por la apropiación que da el amor. Conozcamos no por acumulación de datos, sino por el encuentro y la confianza que nos permite entrar en el corazón de Dios, para así querer saber más y más del Padre revelado en Jesús.

 

Conozcamos la vida de nuestros catecúmenos para poder hacer de cada historia una historia de salvación. El catequista enseña cosas que ayudan a entrar en comunión, que hacen descubrir lo sagrado de la propia vida en la que Dios habita. Conozcamos desde el amor que se adapta a las posibilidades reales, que no nos destruye ni anula, sino que nos hace más plenamente humanos, más felices. Conozcamos como Dios, que tiene paciencia con nuestras limitaciones, que nos dice: “La vida que te regalo no es ajena, te encaja perfectamente, encaja con lo que necesitás y te hace falta para ser pleno, para ser feliz”.

 

Recibir.

El catequista no es un regulador de la fe, sino facilitador de la fe, que no pide ni exige antes de dar y que, cuando lo hace, tiene en cuenta lo que el otro puede dar desde su realidad concreta y no desde planificaciones abstractas, basadas en caprichismos o ideologías pastorales dogmatizadas de moda.

Recibamos a todos con alegría y que se note. Recibamos sin pedir el ADN de la fe que tienen y sin querer garantizar de antemano el resultado y la perseverancia. Recibamos para que Dios obre.

 

Aliviar.

El amor alivia, el amor no se enseña desde un discurso racional ni se impone desde un imperativo; se vive y se trasmite. Si la fe, al decir del Papa Benedicto se da por atracción, por seducción, hacer discípulos del Evangelio es algo muy sencillo, tan sencillo como amar. Y por eso es sólo para gente sencilla, para los que se enamoran y no especulan con los sentimientos.

 

Aliviemos permitiendo que Dios nos alivie primero con su amor y que se derrame en la vida de nuestros hermanos. Aliviemos no abarrotando la mente de conceptos, sino el corazón de Evangelio gustado. Ser catequista es saber que los contenidos no son sólo un temario a dar, sino fundamentalmente, están dados por la experiencia de una comunidad que desde sus miembros, se hace padre, madre, hermana, hermano, abuela… de aquellos que se acercan amándolos y ayudándolos a descubrir sus propios talentos, que serán una riqueza para la Iglesia.

 

Es la Iglesia, es la comunidad la que catequiza creando vínculos sanos de pertenencia en la cual están por delante las personas y, cada año, con cada uno que se acerca, es un volver a empezar para hacer en Él nuevas todas las cosas.

Catequizar no es repetir fórmulas salvadoras que uniforman, sino tener el oído atento a los signos de los tiempos y a las necesidades de los que Dios nos confía, para que el encuentro con Jesús los ayude a recrear la mirada y el corazón, y así poder discernir evangélicamente cada día la vida.

 

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Concluyó con las palabras de Don Bosco, el gran catequista de los jóvenes: “Catequizar es amar a cada uno y dejarse amar, para que así puedan amar al buen Dios”.

 

 

 

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Sr. Fabián Parodi.

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