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- 11 de noviembre, Día del Enfermo - Culminando el Gesto Misionero en el Hospital Posadas
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- Taller de Catequesis Escolar
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- Expresarte 2012, una propuesta del MFC
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- Última visita guiada a la Catedral Basílica
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- Diplomado en Pastoral Urbana
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- Dios habita en la ciudad (Artículo recomendado)
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Pastoral de la Salud

 

“Vendar las llagas de los corazones rotos” Is. 61, 1

11 de noviembre,

Día del Enfermo

 

CULMINANDO EL GESTO MISIONERO
EN EL HOSPITAL “PROF. ALEJANDRO POSADAS”

 

Eucaristía presidida por Mons. Luis Guillermo Eichhorn
en la Capilla del Hospital

 

16.00 hs. Hora Santa por los Enfermos

17.00 hs. Santa Misa

 

Bajo el lema "Vendar las llagas de los corazones rotos" y conmemorando el Día Nacional del Enfermo, nuestra Diócesis preparó un Gesto Misionero (incluido dentro de la Misión Permanente) en el Hospital Nacional “Profesor Alejandro Posadas”, de El Palomar.

 

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El Gesto comenzó el domingo 4, y concluirá el próximo domingo, 11 de noviembre, con la Hora Santa por los enfermos (16.00 hs.) y la celebración de la Eucaristía presidida por Mons. Luis Guillermo Eichhorn (17.00 hs.). Ambas celebraciones tendrán lugar en la Capilla. Se invita de manera especial, a todos los agentes de Pastoral de la Salud.

 

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Seminario Catequístico San Pío X

 

Taller de Catequesis Escolar

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Los días martes 13 y 20 de noviembre

a las 18.30 hs.

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En el Seminario Catequístico San Pío X

Nuestra Señora del Buen Viaje 952 – Morón

 

Contribución $ 5,-

 

Para consultas o mayor información:
Comunicarse con Isabel en la Curia diocesana.

Nuestra Señora del Buen Viaje 936 (Morón) – 4629-3143

Lunes a viernes, de 9.00 a 12.00 hs.

 

 

 

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Movimiento Familiar Cristiano

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“La fe es la fuerza de la vida”

                                         León Tolstoi


Expresarte 2012

 

El Movimiento Familiar Cristiano de la Diócesis invita a participar de esta propuesta, presentando toda expresión artística y cultural de tipo y género: literario, musical, plástico (dibujo, pintura ó escultura),  fotográfico, informático (video ó power point) para repensar y compartir la virtud de “La Fe”, tema que convoca en esta oportunidad.

 

A considerar dos categorías: menores y mayores de 12 años.

 

Los trabajos serán recepcionados hasta el 15 de noviembre inclusive.

Comunicarse a los diferentes teléfonos que se detallan más abajo para ser retirados en el domicilio a convenir, con algún miembro de la comisión directiva del MFC Morón.

Ana y Jorge Fenzi 4628-0114 fenzija@gmail,com

Liliana y Pablo Benitez Coll 4481-0233 libea64@hotmail.com

Las obras ó trabajos serán presentados y mencionados el día 2/12 en que el Movimiento realizará su asado de fin de año en la quinta “MEBLA”, ubicada en la calle Maipú y Virgen de Luján, Barrio “Lomas de Mariló”, en Moreno. También serán expuestos vía internet en la Red de Laicos.

 

 

 

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Museo de la Catedral de Morón

Inmaculada Concepción del Buen Viaje


ÚLTIMA VISITA GUIADA DEL AÑO
A LA CATEDRAL – BASÍLICA

 


LA ÚLTIMA VISITA GUIADA DEL AÑO SE LLEVARÁ A CABO ESTE SÁBADO, 10 DE NOVIEMBRE, A LAS 22:45, EN ADHESIÓN A LA NOCHE DE LOS MUSEOS.


“TRAER VELAS”

 

Se visita:

  • Ermita
  • Templo
  • Museo
  • Sótanos (incluye sitio arqueológico)
  • Torre reloj y coro
  • Torre campanario

 

Se inicia en el atrio. No se suspende por lluvia. Colaboración $5

 

 

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Instituto Raspanti

Obispo Miguel Raspanti 605, Haedo - 4443-7445 www.raspanti.edu.ar
 
Diplomado en Pastoral Urbana

a distancia en campus virtual
Duración dos semestres
Inicio – Febrero de 2013

 

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Pastoral Urbana

 

DIOS HABITA EN LA CIUDAD

Aportes de Aparecida para una nueva Pastoral Urbana
en América Latina y el Caribe

Sobre la Conferencia de Jorge R. Seibold S.J., presentada en el Primer Congreso Internacional de Pastoral Urbana “Dios habita en la Ciudad”, gentileza de Margarita Perichon.

 

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El presente trabajo puede ayudarnos a comprender la complejidad de nuestras urbes latinoamericanas, y a ver mejor cuáles son los grandes desafíos que nuestras ciudades le presentan hoy a la Pastoral Urbana.

 

El Padre Seibold, considera, y con consenso, de que  la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, ha sido un verdadero acontecimiento eclesial fruto del Espíritu. Toca, ahora, a las Iglesias locales de toda esta extensa región del Pueblo de Dios que es Latinoamérica y el Caribe, tratar de extraer de ello las mejores consecuencias.

 

Nos toca a las Iglesias de América Latina y el Caribe asumir sus enseñanzas y transformarlas en nuevas experiencias de Pastoral Urbana. El misterio de Dios, que habita en la ciudad nos alienta para que llevemos adelante su obra. No es tarea exclusivamente nuestra. Él lleva siempre la iniciativa. La realidad “espiritual” y “mística” de nuestro pueblo fiel nos invita a identificarnos con Cristo, que es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), a apropiarnos de esa su Vida, la que nos trae del Padre, al decirnos: “He venido para que todos tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Aparecida plantea así con nueva fuerza un nuevo desafío para la Pastoral Urbana en todas nuestras ciudades de América Latina. Ojalá que acompañados y alentados por su Espíritu, como “discípulos misioneros”, podamos responder a este nuevo reto.

 

Dios, con mucho signos y señales, como un nuevo Pentecostés, quiere hacernos  comprender que también “habita en nuestras Ciudades” de América Latina, impulsando a que podamos ahora, con el fervor del Espíritu, vivir como discípulos y anunciar como misioneros esta “Buena Noticia” de Jesús a todos nuestros conciudadanos, para que “nuestros Pueblos en Él tengan Vida” (del lema de Aparecida).  

 

El Documento conclusivo de Aparecida (DA) da a la Pastoral Urbana un tratamiento privilegiado en relación a otros temas. Hasta tal punto, que muchos pastoralistas urbanos se vieron gratamente sorprendidos cuando se encontraron con los textos.

Ya el documento “Síntesis” (DS) tenía fundamentalmente dos menciones al tema. En una, un breve diagnóstico sobre la problemática que hoy enfrentan las grandes ciudades en América Latina y el Caribe, se contiene justamente la expresión “Dios habita en la ciudad” (DS  68 inicio).

 

El Misterio de Dios en la ciudad

 

Antes de hablar de Pastoral Urbana, es necesario detenerse a contemplar el Misterio de Dios que habita en la Ciudad. El documento de Aparecida nos ayuda a contemplarlo cuando nos invita a dejarnos iluminar por la fe. Ella nos enseña que “Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos” (DA 514 inicio). No se trata de una contemplación pura de Dios, sino de una contemplación donde Dios se muestra en las múltiples experiencias humanas que pasan por la ciudad, tanto las que llenan de alegría y gozo, como las que sumen en la angustia a sus habitantes. Tampoco las “sombras” de la vida citadina como son la “violencia, pobreza, individualismo y exclusión” pueden “impedirnos que busquemos  y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos” (Ibid.). El Dios de la vida está también allí donde ella es negada. Él es el samaritano que sostiene a las víctimas, que lava sus heridas y las unge con aceite. Cuando uno lo hace por su prójimo el mismo Señor se hace allí presente. Pero aún todavía se hace más presente en los “lugares de libertad y oportunidad”, que brindan las ciudades a las personas “para interactuar y convivir con ellas…y experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad” (Ibid.). En las ciudades somos invitados constantemente a “caminar  siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él” (Ibid.).

           

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Este movimiento de acercamiento ciudadano es el mismo movimiento por el que Dios se hace manifiesto en medio de la Ciudad. Por eso, el nº 534 nos plantea en un hermoso texto bíblico sacado del Apocalipsis el “proyecto de Dios”, que no es otro que “la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén”, que baja  del Cielo, junto a Dios, “engalanada como una novia  que se adorna para su esposo”, que es “la tienda de campaña que Dios ha instalado entre  los hombres. Acampará con ellos; ellos serán su Pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido” (Ap.21,2-4). Y este “proyecto  de Dios” no tendrá cumplimiento sólo al final de los tiempos, sino ya desde ahora está en obra, “realizándose en Jesucristo” y en la historia humana. La “Ciudad” se hace así símbolo del “Pueblo de Dios” reunido y congregado por el mismo Dios que habita en su seno.

 

Esta perspectiva de un Dios que habita en su Pueblo y de un Pueblo que se siente en Dios es retomada en el Documento de Aparecida de un modo muy peculiar y original cuando se habla de la “religiosidad popular” o “piedad popular” (DA 258-265). El Papa Benedicto recalcó la “rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”(DI 1)  y la presenta como “el precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina” (Ibid, DA 258). En una importante sección ubicada en el capítulo 6 de la Primera Parte del Documento de Aparecida se habla de los valores de esta religiosidad popular confirmando lo ya dicho en otros Documentos eclesiales como la Evangelii Nuntiandi (EN 48) y el Documento de Puebla (DP 444) (cfr. DA 258).

           

Pero el Documento conclusivo de Aparecida da todavía un nuevo paso en avance, en relación a Puebla y a Santo Domingo, cuando a esta “religiosidad popular” la designa con el nombre de “espiritualidad popular” (DA, 263) y todavía más cuando la llama “mística popular” (DA 262 fin) fin). Aquí la expresión “espiritualidad” está tomada en sentido fuerte y se refiere  “al impulso del Espíritu,  a su potencia de vida  que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia” (DA 284). El Documento final de Aparecida es el primer Documento de Iglesia  que de un modo expreso le otorga a la “religiosidad” vivida por nuestro pueblo fiel y sencillo el carácter de “espiritualidad popular” e incluso mucho más al darle el nombre de “mística popular”. Esta nueva caracterización es de vital importancia para comprender mejor el tema de “Dios habita en la Ciudad”. El fenómeno de la “religiosidad popular” no es algo privativo de los medios rurales, sino que pertenece con igual derecho al medio citadino y que, además no está reservado sólo a unos pocos, sino que está destinado a ser vivida por todo el pueblo de Dios.

           

Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a ver el fenómeno místico o las experiencias que brotan de ese contexto como circunscrito a determinadas personas que habían recibido de parte de Dios gracias excepcionales, como una Santa Teresa de Ávila, un San Juan de la Cruz, un San Francisco, un San Ignacio, y muchos otros, que no sólo vivieron con Dios profundas experiencias espirituales y místicas, sino que también legaron a sus discípulos muchas de esas gracias que conformaron diversos estilos particulares de seguimiento de Jesucristo, dentro de la única tradición Cristiana y a las que se denominó “espiritualidades”. Así hoy hablamos de “espiritualidad carmelitana”, que sigue los caminos de Teresa y San Juan de la Cruz, “espiritualidad franciscana”, que sigue los caminos de San Francisco, la “espiritualidad ignaciana” que sigue los caminos de San Ignacio y así de otras. Todas estas “espiritualidades” son caminos en el Espíritu, y no se comprenden sin la presencia y actuación del Espíritu. Por extensión, ese nombre se ha ampliado para designar a diversas espiritualidades vividas por movimientos de laicos y consagrados que viven y trabajan con diversas vocaciones en la Iglesia de hoy. Pero cuando se trataba del pueblo en su vida religiosa no se hablaba así. Más bien se hablaba de “prácticas religiosas”, de “piedad popular” o a lo más de “religiosidad popular”, que el pueblo sencillo podía practicar. Con lo cual, si bien se reconocían y se admitían estas “prácticas  piadosas” como era rezar el Rosario o realizar una peregrinación, sin embargo se deslizaba en muchos un cierto prejuicio que ubicaba a esta religiosidad como de “segunda categoría” al atribuírsele un modo de realización  meramente exterior. El Documento final de Aparecida revierte este juicio y nos invita a ver más en profundidad lo que sucede en el corazón de estos creyentes populares cuando son movidos por el Espíritu de Dios. Por eso el documento habla de una verdadera y genuina “espiritualidad popular” y más aún todavía de una “mística popular”. El Documento de Aparecida lo dice expresamente: “No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios” (DA 263 inicio).

 

Esta vida espiritual profunda de nuestro catolicismo popular Latinoamericano y Caribeño puede ser avalado a lo largo de su amplia geografía y de su ya multisecular historia. El Documento de Aparecida lo expresa bellamente y de una manera muy sintética. Invitamos al lector a que lo disfrute en el apartado del párrafo 6.1.3 titulado “La piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo” (DA 258-265).

 

 

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Algunos de los signos más característicos de esa profunda vida “en el Espíritu”
que vive nuestro pueblo sencillo y humilde:

 

Uno, es la “irrupción” del Misterio de Dios en la vida de los fieles, como le ocurrió al indiecito Juan Diego en los albores de la evangelización americana al recibir la visita de la Virgen de Guadalupe en el montecillo del Tepeyac en México. La Virgen lo introduce en el Misterio Divino de su Hijo, Jesucristo “por quien se vive” y de su Designio de Salvación, del cual Juan Diego será un humilde servidor. Pero esta “irrupción” de Dios por medio de la Virgen y el ministerio de Juan Diego, dará sus frutos y prolongará sus efectos a través del tiempo. Alcanzó no sólo a los indígenas, que se convertían a la nueva fe, sino también a los mismos españoles y, luego, a los criollos y mestizos que asumieron en aquellas tierras el compromiso de vivir en sus vidas la Buena Noticia del Reino de Dios. Y todavía hoy ese “Código Divino”, que es la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe, estampada en la tilma de Juan Diego, sigue “irrumpiendo” en el alma de miles y miles de devotos, que se acercan a su Santuario del Tepeyac para venerarla y recibir de ella a su divino Hijo por quien tienen vida.

 

Los numerosos Santuarios en América Latina y el Caribe, consagrados a la Virgen en sus diversas advocaciones, al Señor en sus diversos misterios y a los Santos, son lugares excepcionales donde los fieles muestran las expresiones más ricas de sus devociones populares.

 

En ellas pueden encontrarse muchos rasgos de vida mística. Así, su profundo silencio extático que los hace presentes ante la imagen viva de su devoción, casi sin musitar palabras y sólo acompañados por algunos cirios ardientes y de alguna ofrenda puesta a los pies de la imagen, que hablan por ellos mismos. Todo ello con un despojo total de sí y de entrega incondicional a Dios. Ámbito sagrado que sólo habla de amor, pero no en abstracto, sino ligado a necesidades vitales, angustias, temores, encuentros y desencuentros, rupturas, tanto propias como ajenas. Todo el marco de una vida llena de realizaciones y también de conflictividades está allí. Y todo esto fluye en medio del silencio exterior  y suele terminar con alguna oración vocal y algún gesto de ternura que los fieles expresan cuando se acercan a la imagen para tocarla y besarla, como para sellar la despedida. Gestos “místicos” del “toque” y del “beso”, que expresan la unidad del afecto y de la cercanía, que unen a los creyentes con la Divinidad, la Virgen y los Santos.

 

Todo ello hace que la “mística popular” pueda ser caracterizada mejor por su carácter “familiar”, que por su carácter “nupcial”. Y esto no disminuye en nada la radicalidad del Amor que los fieles tienen para con Dios, pero que también sienten por sus prójimos, más allá de sus relaciones de parentesco. Con ello, los fieles de nuestro pueblo no hacen otra cosa que responder al llamado de Cristo en la última Cena: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15,12). Y este llamado de Cristo es para todos y no sólo para que lo vivan algunos o un pequeño grupo de discípulos. Es el precepto fundamental que preside la vida mística de los fieles. De este modo, las comunidades fraternas que entretejen con el Amor la vida de la Ciudad, alimentan los espacios donde Dios habita en el corazón de sus fieles.  

 

Pero también en la vida cotidiana suelen los fieles “sentir” la presencia de Dios de un modo peculiar. Así lo confiesan cuando dicen: “Lo siento a Dios muy dentro mío” y señalan con la mano el pecho para mostrar el lugar del “toque”. Otras veces confiesan vivir verdaderas experiencias trinitarias, sintiéndose inclinados a adorar a las diversas Personas Divinas según lo que el Espíritu les comunica. Y esto con mucho sentimiento y calor interior a semejanza de Santa Rosa de Lima, esa santa laica Limeña, que vivió a fines del siglo XVI y comienzos del XVII en la Lima Virreinal. Rosa vivió una mística propiamente popular. Cuando se le preguntó, qué experiencia de Dios tenía, respondió: “Que luego le venía al alma y al corazón un calor sobrenatural suavísimo, con una fragancia de rayos de gloria, al alma y al interior sensitivo, que siempre le parecía que iba en aumento”. Estas experiencias íntimas de Dios muestran cómo también Dios habita en lo profundo de la ciudad de los hombres.

 

Pero esta familiaridad con las personas divinas, tan propias de la religiosidad popular, se transmite también a las relaciones que los fieles mantienen también con la naturaleza, a la que muchos viven como un Misterio Divino en el cual están insertos. Por eso, deben respetarla y cuidarla. Profundo sentido ecológico que muchos de nuestros contemporáneos lamentablemente han perdido. Nuestras grandes Ciudades Latinoamericanas y Caribeñas al reducir sus espacios públicos, sus parques y lugares de esparcimiento al aire libre, han ido cerrando más y más el camino a la contemplación de la naturaleza. Como le sucedía a aquella señora del interior del país, que al tener que vivir en un pequeño cuarto alquilado de una gran ciudad, se sentía en el interior de su pieza como ahogada y extrañaba aquellas noches en su tierra natal, cuando dormía en un amplio camastro en el medio del patio de su casa rural,  acompañada y cubierta por las hermosas estrellas que relucían sobre ella en la noche.

 

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Pero la ciudad también tiene también otros estrangulamientos que ponen en entredicho la habitacionalidad de Dios en medio de la Urbe. Muchos deben pasar en la ciudad por situaciones muy extremas de vida y de sobrevivencia. En tales pruebas los creyentes acuden a su fe, que les es fuente de nuevas energías para enfrentar todos los desafíos y adversidades. Sin embargo, a veces, las pruebas son tan duras y dolorosas que hasta el mismo Dios parece “ausentarse” y hasta “desaparecer”. Son las “noches oscuras”, de las   que hablaban los místicos, y que ahora hacen suyas los más humildes, aquellos que no tienen nada ni nadie en quien confiar. Son estas situaciones donde todo parece zozobrar. Donde no se hace pie, sino en sí mismo y en su irreductible precariedad, que sólo espera el momento menos pensado para derrumbarse y desaparecer. Es en esas trágicas circunstancias, que brota como gesto místico extremo, aquel mismo grito que profirió Cristo en la Cruz: “¡Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?!” (Mc. 15,34). Y esta situación extrema, en la que podría pensarse de que Dios está ausente, es, sin embargo, la más plena de las experiencias místicas, porque proferida esa exclamación en el más cruel desamparo humano, surge sin embargo, desde ese mismo desamparo, la voz del Espíritu que clama a Dios por boca de sus fieles, como más de una vez lo hizo por la boca de Cristo. Tal es el misterio profundo de un Dios que ha optado por vivir en la comunidad humana de la Ciudad y que la sostiene hasta en sus más grandes pruebas y falencias.

 

La V Conferencia de los Obispos de América latina y el Caribe al reconocer en el seno y en el corazón de nuestros pueblos la presencia de una “espiritualidad popular” y hasta de una “mística popular” invita a los Pastores a cuidarla y a cultivarla como uno de sus tesoros predilectos.

 

Pero la presencia de Dios o el habitar de Dios no se reduce a estar circunscrito a los valores y experiencias que cultiva el pueblo de Dios en sus dimensiones meramente religiosas. Lo religioso desborda y asume toda la realidad, especialmente las realidades sociales, culturales, políticas, económicas, etc. Estas realidades también tienen que significar claramente que Dios habita en la Ciudad, invitándonos a adentrarnos en la trama social y cultural de la Ciudad.

  

La trama social y cultural de la Ciudad    


La “hibridación (mezcla) cultural” es un fenómeno fundamental en nuestras ciudades. En esta línea, el Documento de Aparecida trae  una breve y concisa descripción de lo que son nuestras ciudades Latinoamericanas y Caribeñas al decir: “La cultura urbana es híbrida, dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores y estilos de vida, y afecta a todas las colectividades. La cultura suburbana es fruto de grandes migraciones de su población en su mayoría pobre, que se estableció alrededor de las ciudades en los cinturones de miseria. En estas culturas los problemas de identidad y pertenencia, relación, espacio vital y hogar son cada vez más complejos” (DAP 58).

 

Por tanto, partimos de un hecho, evidente a nuestros ojos y comprobado fehacientemente por las Ciencias sociales y antropológicas, que nuestras sociedades y por consiguiente también nuestras ciudades Latinoamericanas y Caribeñas son “multiculturales”. Sociedades donde conviven variadas formas de culturas que interaccionan entre si, de muy variados modos. Como lo dice el Documento de Aparecida la “cultura en su comprensión más extensa representa el modo particular con el cual los hombres y los pueblos cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana” (DA 476). Pero esta cultura no es la misma para diversos colectivos sociales. Así, en un mismo espacio pueden darse diversas culturas. El Documento de Aparecida reconoce la variedad de estas formas culturales al decir: “la riqueza y la diversidad cultural de los pueblos de América Latina y El Caribe resultan evidentes. Existen en nuestra región diversas culturas indígenas, afro americanas, mestizas, campesinas, urbanas y suburbanas” (DA 56). Y un poco más adelante agrega: “estas culturas son dinámicas y están en interacción permanente entre sí y con las diferentes propuestas culturales” (DA 57 fin). No se trata de diferencias meramente raciales, sino también de diferencias de estratos sociales, de relaciones económicas, de género, lingüísticas, políticas, culturales, religiosas, etc.

 

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La interpretación de este “fenómeno multicultural”, es muy diversa y hay varias posiciones. Nosotros señalaremos tres:

 

Primera, el  “multiculturalismo etnocentrista” o “Monoculturalismo”. Segunda, es el así llamado “Multiculturalismo liberal” y la tercera es el “Multiculturalismo intercultural” o más simplemente “Interculturalidad”.

Lo substancial del “Monoculturalismo etnocentrista” es afirmar en el “multiculturalismo” la existencia de variadas culturas, pero al mismo tiempo, afirma la primacía de una de ellas, de tal manera que esta sería “hegemónica” en relación a las restantes. Esta afirmación justificaría su rol “etnocentrista” y “asimilador” de las restantes culturas. Su tendencia la lleva a negar la variedad cultural y a presentarse como la expresión definitiva de una única cultura, la que será claramente dominante. Las políticas que se derivan de esta interpretación  etnocentrista son las que dirigen actualmente las políticas inmigratorias de muchos países de centro, que al no poder impedir las inmigraciones, les imponen situaciones de acomodación claramente “asimilacionistas”.

   

El “Multiculturalismo liberal” tiene otra estrategia ante la diversidad. No niega la diversidad, ni trata de asimilarla, pero su lenguaje es el de las “igualdades”. Se inspira en la Declaración de los Derechos Humanos que proclama la “igualdad” de todo hombre ante la ley, la “igualdad” del hombre y la mujer, la “igualdad” de las razas y la “igualdad” de las oportunidades. Pero por allí corre el peligro de ser fuertemente “encubridor”, al estar afectado de un “daltonismo” que no le permite ver las tremendas desigualdades con que en la realidad se configuran los colectivos sociales.  Tiene en su boca cuestiones de ética y democracia, pero es ciego para ver las causas profundas que marcan la desigualdad de los pueblos y las estructuras de poder que las provocan. Para este liberalismo los pueblos y las culturas tienen “en principio” el derecho de ser lo que son. Pero más allá de esta posición “principista” el “Multiculturalismo liberal” al igual que el “etnocentrista” al no poder reducir lo “Otro” a lo “Mismo” o al no poder garantizar la coexistencia de los “Otros” con lo “Mismo”, expresado por la sociedad liberal,  termina por canonizar la hegemonía del mundo blanco y neocolonialista, actualizado ahora en esta época de globalización por la ideología economicista neoliberal.

 

Por su parte, el “Multiculturalismo intercultural” o simplemente la “Interculturalidad” pone más el acento en la importancia del contacto y el vínculo entre las culturas diferentes, sin pretender ningún efecto asimilador tal como lo quería el “Multiculturalismo etnocentrista” y sin buscar un “igualitarismo ilustrado”, tal como lo intentaba el “Multiculturalismo liberal”, que olvida las reales diferencias que a veces oponen a amplios sectores dentro de la sociedad y es ciego para ver las reales causas de  injusticia y postergación que están en la razón de ser de las diferencias. La “Interculturalidad” expresa más bien una actitud de sincero diálogo en la diferencia asumida por ambos dialogantes.  En esta relación dialógica se excluye la violencia como el derecho del más fuerte y se afirma una búsqueda paciente y perseverante de la justicia por medios legítimos y pacíficos.

             

Sin embargo, es necesario distinguir en esta “Interculturalidad” dos interpretaciones que a veces se confunden. Una, más funcional, es la “Interculturalidad débil”, que busca promover en los sectores interactuantes sólo un diálogo y una actitud de tolerancia, pero sin tocar las causas de las asimetrías sociales, económicas y culturales que oponen a los dialogantes. La otra interculturalidad es la “fuerte” y se la llama “Interculturalidad crítica”, porque busca ahondar las causas de las diferencias a fin de suprimirlas, si fuera posible, por medios políticos no violentos. Por lo visto, ya se nota que el genuino diálogo intercultural pasa por esta segunda posición.  Por eso, el diálogo “Intercultural fuerte” debe desembocar tarde o temprano en el análisis y discusión de aquellas posiciones que imposibilitan un acercamiento real. 

             
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Nuestras ciudades, al ser realidades multiculturales, exigen una pastoral de diálogo cultural a todos los niveles. La “Interculturalidad” es una de sus posibilidades. Implementar en las ciudades una Pastoral Urbana Intercultural, es una de los nuevos retos de la Iglesia en la Ciudad.

 

Hacia un nuevo paradigma
de la Pastoral Urbana


El texto “La Pastoral Urbana”, encontró finalmente su lugar en este último capítulo 10 del Documento final de Aparecida, dedicado a  “Nuestros Pueblos y la Cultura”.

 

Se analizan los dos párrafos dedicados a lo que el Documento llama “nueva pastoral urbana” (DA 517 inicio).

 

Estos dos párrafos 217 y 218 son los más analíticos de todo el Documento, ya que se subdividen en una cantidad muy grande de subíndices.

 

El Documento reconoce y agradece el trabajo que se realiza en muchas ciudades de América Latina y el Caribe, en relación a la Pastoral Urbana. Sin ese trabajo pionero, no se hubiera podido avanzar hacia “una nueva pastoral urbana”, que la V Conferencia “propone y recomienda” (DA 217).

 

Este nuevo “paradigma” rompe abiertamente con el anterior paradigma basado en la división territorial de tipo parroquial y centrada en el Templo. El nuevo “paradigma” parte de la “urbe”, que es el nuevo “templo” de Dios. En este nuevo “paradigma” no desaparecen las “parroquias”, pero sí deben transformarse en  “comunidad de comunidades” (DA 517, e).

 

En este sentido, Aparecida descentra la Iglesia del Templo y busca las raíces vivas de lo comunitario en niveles más básicos y si se quiere, más familiares, donde sea posible el reconocimiento y encuentro personal y comunitario. Aquí aparece sin nombrarla la “Pastoral Urbana Intercultural”.

 

Reafirma las experiencias realizadas en muchas ciudades de América Latina y el Caribe desde los años 60, cuando comenzaron a establecerse otras comunidades como las así llamadas “Comunidades eclesiales de base” (DA 178-180) o las así también llamadas, a semejanza de las primeras comunidades cristianas, “Iglesias de casa” donde esta expresión recubre una variedad muy grande de formas de vida comunitaria. Algunas de estas formas, las así llamadas “comunidades ambientales”, traspasan los límites parroquiales y alcanzan dimensiones “supraparroquiales y diocesanas” (DA  517, f). Pero más allá de sus formas y de sus espacios propios, lo importante en estas nuevas comunidades de vida es que en todas ellas se viva y se testimonie la “proclamación de la Palabra” o “Kerigma”, la “celebración de los Misterios que la habitan” o “Liturgia”, y la “comunión fraterna y el servicio” o “Diakonia” (DA  517, g).

 

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La ciudad va a exigir a esta nueva Pastoral Urbana una atención muy especial de “acogida” tanto a “los que llegan a la ciudad” como a “los que viven en ella” en una amplia variedad de modalidades (DA 517, i). Un cuidado muy especial se ha de brindar “al mundo del sufrimiento urbano” como son todos aquellos que se hallan “caídos a lo largo del camino”: los que se encuentran en los “hospitales”, los “encarcelados, excluidos, los adictos a las drogas” y también se debe tener cuidado de los “habitantes de las nuevas periferias, en las nuevas urbanizaciones”. No debe tampoco olvidarse a las “familias que, desintegradas, conviven de hecho” (DA 517, j).       

 

El párrafo 518 baja ahora su mirada de la “misión”, a los “agentes” de la misión. A los que ve como “discípulos y misioneros”. Esto va a exigir de todos ellos “un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana” (DA 518, a). Es el tema de la “inculturación”, que no puede estar ausente y menos en la ciudad, que es una realidad altamente multicultural. Para poder anunciar una Palabra con sentido será necesario primero apropiarse del lenguaje y de la simbólica de los habitantes de la ciudad. Pero todo ello no brota de una “Babel”, donde los lenguajes se entremezclan y los significados se pervierten. Es necesario superar el “caos” citadino, con su multitud de sonidos alternativos, a fin de reencontrar el “cosmos”, que sólo se da en un “Pentecostés” donde la multiplicidad de los lenguajes permite la visualización del Anuncio y la actualización del Sentido.

 

Pero esta obra del Espíritu requiere también “un plan de pastoral orgánico y articulado” a fin de integrar en “un proyecto común a las Parroquias, comunidades de vida consagrada, pequeñas comunidades, movimientos  e instituciones que inciden en la ciudad y que su objetivo sea llegar al conjunto de la ciudad” (DA 518, b).

 

Incluso en ciudades muy grandes donde existen varias Diócesis será necesario que este plan sea un “plan interdiocesano” (Ibid.). El párrafo no especifica cómo debe hacerse este Plan, pero su contexto muestra con evidencia que no podrá ser confeccionado de modo vertical, sin la participación de todos los agentes. Este Plan deberá atender no sólo a los nuevos desafíos  que hoy plantea la ciudad, sino también deberá cuidar de la “formación y acompañamiento de laicos y laicas que, influyendo en los centros de opinión, se organicen entre sí y puedan ser asesores para toda la acción eclesial” (DA 518, k). Formación que también debe extenderse a la “formación pastoral de los futuros presbíteros  y agentes de pastoral capaces de responder a los nuevos retos de la cultura urbana” (DA 518, o). La Misión de la ciudad exige cuidado del crecimiento de los discípulos misioneros.

 

Aparecida plantea así con nueva fuerza un nuevo desafío para la Pastoral Urbana en todas nuestras ciudades de América Latina y el Caribe. Ojalá que acompañados y alentados por su Espíritu, como “discípulos misioneros”, podamos responder a este nuevo reto.

 

 

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