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- Carta Pastoral de Mons. Luis Guillermo Eichhorn con motivo del inicio de la Cuaresma en el Año de la Fe
MC900431561[1]
- (Disposiciones acerca de las Indulgencias Plenarias)
MC900431561[1]
- (Referencias)
MC900431561[1]
                                                                                             

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Nuestra Diócesis

 

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13 de febrero, Miércoles de Ceniza

 

Carta Pastoral de Mons. Luis Guillermo
Eichhorn con motivo del inicio de la
Cuaresma en el Año de la Fe

 

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Luis Guillermo Eichhorn
Por la Gracia de Dios y de la Santa Sede
Obispo de Morón

 

Carta Pastoral al Pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Nuestra Señora del Buen Viaje, con motivo del inicio de la Cuaresma en el Año de la Fe

 

_______________________________

 

“Conviértanse y crean en la Buena Noticia”

(Mc 1, 15)

 

            Iniciando el tiempo litúrgico de la Cuaresma el Miércoles de Ceniza, resuenan con fuerza en este Año de la Fe, estas palabras con las que, en el Evangelio según san Marcos, Jesús inicia su misión evangelizadora.

 

            Sabemos que la Cuaresma es un itinerario que nos prepara a la recepción o renovación del Bautismo en la Vigilia Pascual y que todo este camino culmina en la Fiesta de Pentecostés, el don del Espíritu que nos da la fe y nos reanima en la misma vida de fe, dándonos la fuerza para vivirla y para anunciarla a todos. Por esto, las palabras citadas del evangelio, en este Año de la Fe, son un llamado a vivir con intensidad este “tiempo de gracia espiritual”, aprovechando al máximo toda la fuerza que suscita el Espíritu Santo en la Iglesia, tanto para cada uno individualmente como en todas nuestras comunidades.

 

            Las palabras de Jesús y la invitación del Santo Padre, el Papa Benedicto XVI a vivir el Año de la Fe, suscitan en mí inquietudes, ideas, cuestionamientos, proyectos que quiero compartir con ustedes, con el fin de ayudarlos y orientarlos en las actitudes, tareas pastorales, propuestas que puedan realizar en este Año de la Fe. También ofrezco las indicaciones para alcanzar las Indulgencias Plenarias que el Santo Padre ha determinado para este año, las cuales se encuentran en el Anexo final de esta Carta Pastoral.

 

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El Año de la Fe, un desafío personal y comunitario

 

            El llamado del Papa Benedicto XVI a celebrar el Año de la Fe nos plantea verdaderos desafíos, tanto a nivel personal como comunitario (diocesano, parroquial, etc.), como nos dice en Porta Fidei: “Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo” (1).

 

            Esto implica plantear el problema de la fe hoy en cada uno de nosotros: sacerdotes, diáconos, personas de vida consagrada, laicos comprometidos: ¿Cómo vivo la fe? ¿Estoy creciendo en ella? ¿Qué obstáculos encuentro que me impiden creer o crecer en la fe? etc.

 

            Renovar nuestra Vida de Fe, siguiendo los objetivos de Porta Fidei, no sólo mira a renovar, fortalecer, profundizar en el contenido de la fe, sino también a revisar nuestro propio estilo de vida cristiana, dado que “la fe actúa por el amor” (Gal 5,6) y así “se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rom 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Cor 5, 17)” (2): esto  toca toda nuestra manera de vivir y encarnar el Evangelio. Un llamado a la conversión: “El Año de la Fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (3).

 

            Es tarea personal de cada uno, desde su oración, alimentando la vida espiritual desde la Palabra de Dios, profundizando personalmente la fe con el estudio –en especial de los documentos del Concilio Vaticano IIº y el Catecismo de la Iglesia Católica– y revisando con mucha sinceridad nuestra vida cotidiana, para verificar la coherencia de nuestros actos con la fe que profesamos.

 

            También a nivel comunitario, el Año de la Fe nos plantea la necesidad de una renovación profunda de la vida de fe, sus manifestaciones, su transmisión, su profundización en cada una de nuestras comunidades. Si decimos, por ejemplo, que las parroquias son comunidades de fe, de esperanza, de amor, vale la pena revisar y hacer un profundo discernimiento comunitario sobre cómo se viven estas dimensiones teologales, que de por sí son inseparables. Se deberá ver cómo estamos animando la pastoral desde la Palabra de Dios (4), como transmitimos la fe en nuestras familias, en la actividad misionera,  como iniciamos en la vida de fe desde nuestra catequesis de Iniciación Cristiana –tanto de niños como de adultos–, como implementamos las instancias de catequesis permanente de adultos que los lleven a crecer y madurar en su fe, su vida y su compromiso cristiano, la formación de pequeñas comunidades de vida y de oración, la característica de ser una verdadera comunidad orante, que celebra y ora la fe, centrándose en la Eucaristía, para, desde este misterio de comunión, lanzarse decididamente a la tarea misionera… El horizonte de la mirada es amplio.

 

            El Año de la Fe es un llamado a la conversión, a un “recomenzar desde Cristo” (5). Una conversión personal y pastoral (6). Conversión que, según este texto citado, toca lo espiritual, lo pastoral, lo institucional (DA, 367). La Comisión Diocesana para el Año de la Fe nos irá proponiendo pautas e ideas para llevar esto adelante. La fecundidad de la celebración del Año de la fe dependerá mucho de la recepción que se haga de estas indicaciones diocesanas en los decanatos, en las parroquias, en los establecimientos educativos, y en toda otra comunidad, institución, asociación, movimiento, etc. No perdamos de vista los objetivos: que el Año de la Fe sea un “tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe (…) Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre” (7).

 

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Las indulgencias en el Año de la Fe

 

            Uno de los elementos que acompañan y motivan la celebración del Año de la Fe es la posibilidad de ganar las indulgencias plenarias. De acuerdo con las disposiciones de la Santa Sede, como Obispo debo determinar las circunstancias lugares y condiciones para ello. Creo necesario recordar que el hecho de cumplir con las condiciones requeridas, no implica, como si fuera algo automático, el logro de los frutos de las indulgencias. La finalidad no es “asegurarse” una gracia, sino entrar en un camino de fe, creciendo en la fidelidad al Señor, desde una sincera conversión y anhelo de santidad, lo cual nos intima a una vivencia más profunda de los objetivos propios del Año de la Fe. En el Anexo, al final de esta carta, entrego las disposiciones al respecto.

           

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Algunos temas y ámbitos que hay que atender

 

Bautismo: Fe y vocación

           

            Renovar la Vida de Fe es renovar el ser cristiano desde nuestra propia vocación bautismal.

 

            El Bautismo es nacimiento a la Vida nueva en Cristo, es un llamado a vivir el misterio de comunión con el Padre, por su Hijo en el Espíritu, integrados en la familia de Dios que es la Iglesia. Redescubrir el valor fundante del Bautismo en nuestra vida cristiana es hoy esencial: es renovar nuestra profesión de Fe, y no como una simple declamación, sino como compromiso a vivirla y encarnarla en nuestro vivir cotidiano en el lugar y ambiente en que se desarrolla habitualmente nuestra vida.  

 

            La renovación de nuestro Bautismo en la Vigilia Pascual de este Año de la Fe, deberá, por tanto, tener un marco excepcional en nuestras comunidades, preparando este momento con mucha atención a través de la catequesis litúrgica, de momentos de oración, de retiros o jornadas espirituales, etc.; es interesante hacer el “camino de la iluminación” -propio de la Cuaresma- del proceso catecumenal (8), o bien fomentar la práctica de la lectio divina en forma grupal sobre los textos de cada domingo, preparando así a los fieles a la celebración dominical comunitaria, etc. La creatividad pastoral queda abierta. Lo importante es la fuerza que debemos darle a este momento dentro de la Vigilia Pascual, como renovación de nuestra opción fundamental de ser cristiano, ser de Cristo, vivir en Cristo, como verdadero discípulo misionero en la comunidad de los fieles: que sea un verdadero “recomenzar desde Cristo” (9). Redescubrir, por tanto, el Bautismo como vocación, llamado a una vida cristiana comprometida, un llamado a la santidad: “Es el  momento de proponer de nuevo a todos, con convicción, este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas, debe ir en esta dirección” (10).

 

            El Año de la Fe nos interpela, nos cuestiona; a mí como Obispo, a nosotros sacerdotes, a los Diáconos permanentes, a los Consagrados, a todos los laicos: ¿Por qué soy cristiano? ¿Por qué sigo a Cristo y me identifico como discípulo de Él? ¿Cómo fue mi encuentro con Él y mi primera conversión? ¿Cómo vivo mi relación de intimidad con Él? ¿Lo conozco, lo amo, lo sigo, lo imito? Hoy no se acepta un cristianismo “sociológico”, que vive la fe como compromiso social, recibida tradicionalmente, con inercia rutinaria; hoy se necesitan comunidades cristianas, conformadas por cristianos que hayan decidido serlo libre y responsablemente, desde una personal profesión de fe de la cual dan testimonio coherente.

 

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La Palabra de Dios y la Eucaristía, fuentes y alimentos de nuestra Fe

 

            El Año de la Fe es una ocasión para acercarnos –personal y comunitariamente– a las fuentes mismas de nuestra Fe y Vida cristiana, que son la Palabra de Dios y la Eucaristía. Hay que redescubrirlas en toda su fuerza y dimensión teológica y pastoral.

 

La Palabra de Dios: “debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de Vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51)” (11). Palabra “viva y eficaz”, como dice la carta a los Hebreos (12). Recordemos siempre la fuerza con que nos habló el Concilio Vaticano II: “Y es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual (13). Al respecto, no podemos pasar por alto las ricas enseñanzas que nos ha brindado el Santo Padre sobre la Palabra de Dios en la Exhortación Verbum Domini: “El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio divinaA este propósito, no obstante, se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia (14). Este es un camino que debemos recorrer con fe y esperanza, como algo que el Espíritu está diciendo especialmente a la Iglesia en estos tiempos. Como discípulos del Señor, lo primero es escucharlo a Él, aprender de Él. ¡Qué ninguna instancia o momento de nuestra pastoral, ninguna reunión o encuentro, deje de ser un momento fuerte de escucha de la Palabra, para edificarnos mutuamente!: “Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados.” (15). ¡Hagamos nuestras las palabra de Pedro!: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (16). Esto también plantea, a nosotros ministros de la Palabra, el desafío de nuestras homilías que, lo sabemos, deben versar sobre la Palabra proclamada y el Misterio que se celebra (17). Así también animamos nuestra pastoral con la Palabra de Dios: “…un particular esfuerzo pastoral para resaltar el puesto central de la Palabra de Dios en la vida eclesial, recomendando ‘incrementar la pastoral bíblica, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como animación bíblica de toda la pastoral’” (18).

 

La Eucaristía, por su parte, como “fuente y culmen” de la vida y de la actividad de la Iglesia, tanto en la “mesa de la Palabra” como en la “mesa del Cuerpo de Cristo”, es la manifestación más profunda y fuerte de la Iglesia como comunidad de fe, de esperanza y de amor. La Eucaristía es el misterio de la fe proclamada, celebrada, vivida por una comunidad concreta de discípulos del Señor. Reunidos y convocados a escuchar la Palabra de Dios, a celebrar la Pascua, la presencia del Señor crucificado y resucitado, que nos invita a su banquete, al ágape de amor fraterno, misterio de comunión sellado con su Sangre y con el don del Espíritu. Es impensable la vida cristiana sin la Eucaristía, dado que toda nuestra vida debe asumir “una forma eucarística”(19).

 

Ser hombres, ser comunidades de fe, que creen y siguen a Jesucristo, celebrando juntos este misterio de fe que es “Cristo en medio de ustedes”, como bellamente lo expresa san Pablo (20); viviendo esta fe como un auténtico testimonio (martyría) en el mundo en que vivimos. Esto es ya una proclamación y anuncio de nuestra fe: nos reunimos porque creemos que Jesús resucitado está vivo en medio de nosotros.

 

El Documento de Aparecida nos dice: “La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (21).

 

Esto nos lleva a redescubrir la importancia, en este año de la Fe, de la celebración dominical como momento fuerte de afianzamiento y crecimiento de nuestra fe. Conscientes de que “la fe se fortalece creyendo” (22), debemos renovar y profundizar nuestra “pastoral del Domingo”: “Se entiende, así, la gran importancia del precepto dominical, del ‘vivir según el domingo’, como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial. Sin una participación activa en la celebración eucarística dominical y en las fiestas de precepto, no habrá un discípulo misionero maduro…” (23).

 

La Eucaristía dominical, por otra parte es un momento de gran importancia para el crecimiento y maduración de la fe de nuestros fieles, tal como lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Liturgia… es el lugar privilegiado de la catequesis del pueblo de Dios. ‘La catequesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres’ (CT, 23) (24).

 

La Eucaristía en sí misma es una profesión de fe; vale la pena revalorizarla, por ejemplo, desde las mismas aclamaciones de los fieles durante la celebración: cada una de ellas es manifestación y profesión de fe.

 

El Año de la Fe, por tanto, es una invitación a redescubrir la Eucaristía, tanto en la Mesa de la Palabra, como en la Mesa del Cuerpo de Cristo como centro de nuestra vida cristiana y eclesial.

 

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Año de la Fe y vida espiritual

 

Tanto la Palabra de Dios como la Eucaristía, son fuentes de toda nuestra vida espiritual. El Año de la Fe es un llamado a intensificar la vivencia y la experiencia personal de nuestra fe, cultivando de manera especial nuestra vida espiritual. Sabemos que toda la vida cristiana se fundamenta en el encuentro personal con Jesucristo, en nuestro seguimiento de Él como discípulos. Se trata, por tanto de vivir como Él, en Él, dejándonos conducir, como Él, por el Espíritu: “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… que nos hace llamar a Dios ¡Abba!...” (25). Vivir el misterio de Jesucristo con la intensidad con la que Pablo nos da testimonio: “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (26).

Es la consecuencia lógica de lo que dijimos anteriormente con respecto a la vocación bautismal: el llamado a la vida cristiana es un llamado a la santidad; este es uno de los grandes desafíos del Año de la Fe: intensificar nuestra vida espiritual, cultivando una espiritualidad concreta alimentada en las fuentes mismas de la fe y de la gracia: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

            Pensar, por tanto, con sinceridad: ¿Cómo está mi vida espiritual, mi vida de oración? ¿Y la de nuestra comunidad? ¿Y la de nosotros, agentes de pastoral? ¿Cómo hacer crecer en la vida espiritual a la comunidad?

 

 

Ámbitos y acentos pastorales

 

            El Bautismo y la Eucaristía nos introducen y nos hacen vivir la Vida cristiana en la comunidad. Es tan grande este misterio que toca y cuestiona nuestras costumbres y prácticas pastorales, bautismales y eucarísticas. Más allá de la celebración de la Vigilia Pascual, se hace necesario repensar desde nuestra pastoral familiar y bautismal, desde nuestra tarea misionera y la catequesis de iniciación a la Vida cristiana, cómo afrontamos el tema de la transmisión de la Fe. Cada día que pasa esto es más urgente y necesario. No podemos descuidar la familia, pequeña Iglesia doméstica, lugar primero de transmisión y experiencia de fe y vida cristiana. La crisis actual de nuestras familias hace sentir esta falta de vida cristiana familiar y, por supuesto, de la tradición de la misma fe. Nuestra pastoral general, desde una verdadera organicidad, no puede dar la espalda a esta realidad, lo cual implica un revisar a fondo las acciones preparatorias y el acompañamiento de las familias. Deseo que la celebración del Año de la Fe nos mueva también a plantear una pastoral bautismal integral y orgánica en forma consensuada y asumida por todas las parroquias, de tal manera que el Bautismo pase de ser un mero “evento social” a un verdadero comienzo en la vida cristiana iniciando así un proceso de iniciación cristiana integral, lo cual incide directamente en nuestra pastoral litúrgica, catequística, familiar, y misionera.

 

            Nuestra tarea misionera, por su parte, vista tanto como una Nueva Evangelización para aquellos que se han alejado u olvidado su Fe, como un Primer Anuncio (kerygma) a aquellos –cada vez más– que nunca han oído hablar de Cristo. Hemos de redescubrir la necesidad, importancia y fuerza del kerygma en nuestra predicación y en toda la actividad pastoral: “…se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana. Este encuentro debe renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del kerygma y la acción misionera de la comunidad. El kerygma no sólo es una etapa, sino el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo. Sin el kerygma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la esterilidad, sin corazones verdaderamente convertidos al Señor. Sólo desde el kerygma se da la posibilidad de una iniciación cristiana verdadera. Por eso, la Iglesia ha de tenerlo presente en todas sus acciones” (27).

 

            Otro momento fundamental de nuestra pastoral evangelizadora es la catequesis. Debemos atender tanto la necesaria renovación de la catequesis de iniciación cristiana de los niños, como la re-iniciación de la vida de fe de nuestros cristianos que, a través de la misión u otra acción pastoral, se acercan de nuevo a la Iglesia. Al respecto ofrecí algunas pautas cuando se celebró la Asamblea de la Catequesis (28); por su parte, la Junta Diocesana de Catequesis está haciendo un trabajo de formación de los catequistas, en especial a través del anuncio del Kerygma, que es el comienzo indispensable de todo proceso de iniciación cristiana (29).

 

En este ámbito de la catequesis de iniciación, les recuerdo algo que ya sugerí en otro momento: asumir la catequesis de adultos como verdadera prioridad. Es necesario instalar en cada comunidad un espacio propio de catequesis tanto de iniciación cristiana de adultos, como itinerario permanente de catequesis para adultos, y la importancia de que los sacerdotes nos involucremos personalmente en esta tarea: ¡somos los primeros catequistas!

 

            Deseo que estas sugerencias brinden temas y proposiciones para que en la Juntas o Consejos de Pastoral puedan proyectar acciones fecundas para celebrar el Año de la Fe. Habrá otras instancias y propuestas, de parte de la Comisión Diocesana para el Año de la Fe. Les agradezco la atención, la generosidad y entrega y les aseguro mi oración por todos ustedes y por sus comunidades, implorando la ayuda de nuestra Madre del Buen Viaje y la bendición de Dios- amor para todos nosotros.

 

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Anexo:

 

Disposiciones acerca de las Indulgencias Plenarias

 

En la Diócesis de Nuestra Señora del Buen Viaje, en Morón, se podrán ganar las indulgencias plenarias durante el Año de la Fe en las siguientes condiciones, tiempos y lugares:

 

  • Todos los días, haciendo un momento de oración en la Iglesia Catedral o cualquier Templo de una sede parroquial; además del rezo de un Padrenuestro, Ave María y Gloria por las intenciones del Papa y la recitación del Credo, en cualquiera de sus fórmulas, sugiero una breve lectura orante con la Sagrada Escritura.
  • Todas las Solemnidades y Fiestas litúrgicas, en los lugares que se celebren comunitariamente (domingos, fiestas patronales, etc.). Las condiciones pueden cumplirse en forma personal o, preferiblemente, comunitaria.
  • Todas las personas que por enfermedad o cualquier tipo de incapacidad o impedimento no puedan concurrir a algún templo o participar activamente en las celebraciones comunitarias, pueden cumplir con las condiciones –mencionadas más arriba– en  cualquier momento, solos o en compañía con otras personas; sugiero además, el ofrecimiento de un sacrificio espiritual al Señor.
  • Además, impartiré la Bendición Papal a todos los fieles que participen en la Fiesta del Cuerpo y Sangre de Jesús y en la Fiesta Patronal de Nuestra Señora del Buen Viaje en la Iglesia Catedral.

 

 

___________________________________________________

 

 

 

(1) Porta Fidei, 8.

(2) Id., 6.

(3) Id.

(4) “El Sínodo ha invitado a un particular esfuerzo para resaltar el puesto central de la Palabra de Dios en la vida eclesial, recomendando ‘incrementar la pastoral bíblica, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como animación bíblica de toda la pastoral” (Verbum Domini, 73).

(5) Doc. Aparecida, 12.

(6) Id. 365-370.

(7) Porta Fidei, 8.

(8) Ver: Ritual para la Iniciación Cristiana de Adultos (RICA), nn 152 á 207. En nuestro Seminario Catequístico se implementa el tiempo de la iluminación en base a una lectio divina comunitaria con los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma del Ciclo A, culminando cada sesión con un momento litúrgico, en el cual se realizan, además de oraciones y el compartir la experiencia de la lectio, los signos litúrgicos señalados en el ritual (exorcismos, bendiciones, entregas, etc.). Debe tenerse en cuenta que debe haber una adaptación del ritual, dado que los que participan son cristianos ya bautizados, que están en un proceso de renovación (re-iniciación) de su vida cristiana.

(9) DA, 12.

(10) Juan Pablo II: Novo Millennio Ineunte, 31.

(11) Porta Fidei, 3. (Los resaltados son míos, tanto en este como en los demás textos citados).

(12) Heb 4, 12.

(13) Dei Verbum, 21.

(14) Benedicto XVI; Verbum Domini, 86.

(15) Col 3, 16.

(16) Jn 6, 68.

(17) Hace poco les hice llegar a los sacerdotes y diáconos un subsidio de la CEA para preparar las homilías, el cual es muy práctico.

(18) VD, 73.

(19) Cf. Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 3ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de vivir. Forma eucarística de la vida cristiana.

(20) Col 1, 27.

(21) DA, 251.

(22) Cf. Porta Fidei, 7, citando a san Agustín.

(23) DA 252.

(24) CATIC, 1074.

(25) Rom 8, 14-15.

(26) Gal 2, 19b-20.
(27) DA, 278 a.

(28) Celebrada el 25 de agosto de 2012. Ver en “Koinonia” el texto de mi disertación. (clik aquí)

(29) Las fechas de estos encuentros están señaladas en el calendario Diocesano 2013.

 

 

 

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